Un anciano contempla en una residencia la actuación del personal sanitario / Médicos Sin Fronteras

El drama de las residencias: “Esta noche morirá otro si no me quedo”

Médicos Sin Fronteras desvela testimonios de personal de los centros de mayores en los que prestó apoyo durante los momentos más duros de la pandemia

“Llevo dos días empalmando turno, porque no hay nadie más que pueda atender a los residentes que no me dejan enviar al hospital, y ya no puedo más”.  “Se intentó derivar a dos residentes para los que ya no teníamos medios, pero desde el hospital nos confirmaron no los admitirían”. Son palabras del personal sociosanitario, de trabajadores y de directivos de alguna de las 500 residencias de mayores en las que Médicos Sin Fronteras prestó apoyo durante los meses más duros de la pandemia por coronavirus. En un informe de 84 páginas, la ONG recopila los testimonios, denuncia la situación de “desamparo inaceptable” de los mayores y avisa de la urgente necesidad de medidas y planes de contingencia que aseguren la alerta temprana y la respuesta inmediata en el control de la infección.

Los centros en los que trabajó la organización se encontraban en Galicia, La Rioja, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Extremadura, Melilla, País Vasco, Cataluña, Aragón, Madrid y Andalucía. La conclusión de Médicos sin Fronteras es que las residencias, uno de los principales focos más importantes de mortalidad en la pandemia, arrastran graves problemas en el modelo de gestión y en la coordinación entre las administraciones competentes y las empresas gestoras.

"Las residencias y sus trabajadores carecen de recursos, infraestructura, formación o responsabilidad para la atención médica y tampoco hubo una respuesta inmediata, adecuada y orientada a salvar vidas, y coordinada con los servicios asistenciales y de salud", ha indicado Ximena Di Lollo, responsable de la respuesta en residencias de MSF, en un momento en el que el Covid-19 ha puesto en revisión el modelo de atención de mayores en España y los requisitos exigidos a estos centros.

Estos son algunos de los testimonios que recogió la ONG:

 

Magdalena, responsable de una pequeña residencia rural:

“Llevo dos días empalmando turno, porque no hay nadie más que pueda atender a los residentes que no me dejan enviar al hospital, y ya no puedo más. Ayer se murió uno y esta noche se morirá otro si no me quedo, pero tengo que descansar para poder seguir gestionando todo esto: la mitad de la plantilla está de baja, los familiares llaman sin descanso y hay un montón de protocolos por implementar. Aquí es muy difícil contratar personal sanitario, nadie quiere venir a trabajar a un sitio tan apartado. Conseguí que me echara una mano otra amiga enfermera, pero el hospital ha reclamado a todos los que estaban en las bolsas de trabajo y me he vuelto a quedar sola (…)”.

Alejandro, enfermero de una de las residencias:

“ (…) Se intentó derivar a dos residentes para los que ya no teníamos medios, pero desde el hospital nos confirmaron no los admitirían. Me consta que nuestro médico insistió en la urgencia de esas derivaciones, pero le dejaron claro que de las residencias no se estaban haciendo ingresos. Sin más, no importaban los motivos para pedir la derivación. Los dos pacientes se murieron aquí en el plazo de dos días y, francamente, no tenía por qué haber sido así. Los dos eran recuperables”.

Luisa, trabajadora social:

“Llamabas al hospital de referencia y te decían: ‘Lo siento, hoy solo podemos admitir a una persona de residencias, elijan ustedes’. Aun así, la ambulancia no venía a recogerla y fallecían en las pocas horas o días”.

Carmen, directora de una pequeña residencia familiar:

“(…) Eugenia, por ejemplo, dejó de comer y de moverse; se pasaba las horas mirando por la ventana (…) yo tenía miedo de que se dejase morir y empecé a sacarla cada día un rato, para ver si recuperaba las ganas. Y empezó a comer, empezó a ir a mejor, hasta que un día vinieron los de atención primaria justo cuando la teníamos fuera, y me dijeron que era una inconsciente y estaba poniendo en peligro a todo el mundo. No me quedó otro remedio que devolverla a la habitación; me hicieron sentir muy mal. Ella dejó de comer otra vez y a los pocos días se murió. Yo no digo que no se fuese a morir igualmente, pero tengo claro que no quiso pasar por esto. Cuando volvió el equipo de primaria y les dije que se había muerto por encerrarla de nuevo, me dijeron: ‘No nos digas eso’. Se quedaron bastante tocados. Nos ha pasado a todos lo mismo. Nos entró tanto miedo con el virus que no hemos pensado en otra cosa que en aislar al máximo, sin pensar en lo que esto significaba para ellos”.

Natalia, directora de una pequeña residencia privada:

“Un día llegó el equipo de cuidados paliativos que enviaban desde sanidad y le pusieron la primera inyección de sedación a una de las residentes que estaba muy grave y no habíamos podido referir al hospital. Antes de irse, dejaron otras dos inyecciones cargadas para que se las pusiera yo en función de unos plazos que me indicaron. Yo miraba las inyecciones y sabía que yo no podría hacer eso, por muy sencillo que dijeran que era. No era por la inyección en sí, sino por lo que significaba. A mí nadie me ha preparado para una situación como esa y mucho menos para que sea yo quien lo haga. Nunca le puse las inyecciones y el caso es que Ana se acabó recuperando y todavía la tenemos aquí con nosotros (…)”.

Javier, enfermero de un geriátrico:

“(…) hablé con los compañeros para ver si estaban de acuerdo en que algún familiar de Isidro, un señor que estaba en paliativos, pudiese pasar a despedirse. Había miedo y se negaron. ‘Nos estamos poniendo enfermos nosotros’, me dijeron, ‘¿cómo vamos a evitar que no caigan enfermos los familiares?’. En ese momento me pareció que nos estábamos equivocando y me cabreé bastante, pero viendo ahora cómo están lloviendo las denuncias por todas partes, creo que hicimos lo único que podíamos hacer, porque estábamos solos con las consecuencias. Siento decirlo así, pero hay gente con muy mala intención y, si te puede culpar a ti, lo hace. No importa que estés tratando de ayudarlos. Si algo sale mal, te la cargas tú”.

 

Un artículo de R. Rodríguez

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