Entrada de la cárcel de Estremera en la que han ingresado esta noche el exvicepresidente catalán Oriol Junqueras y seis de los ocho exconsellers que declararon este jueves en la Audiencia Nacional. EFE/Diego Pérez

Y la burbuja virtual se estrelló contra la realidad factual

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Una jueza puso punto final al relato imaginario que venía sobrepasando todos los límites de la Constitución

Juan García

Editor de Economía Digital

Entrada de la cárcel de Estremera en la que han ingresado esta noche el exvicepresidente catalán Oriol Junqueras y seis de los ocho exconsellers que declararon este jueves en la Audiencia Nacional. EFE/Diego Pérez

Barcelona, 03 de noviembre de 2017 (09:26 CET)

El soberanismo ha crecido en los últimos años aupado sobre un relato que cuanto más se alejaba de la realidad más se consolidaba. Su éxito en la construcción de ese mundo idílico donde su utopía acabaría imponiéndose sin dolor ni apenas esfuerzo ha sido de libro.

El relato virtual independentista se fortalecía en la medida en que hacía más creíble y más extendido el mensaje de que todos los males provenían de ese país casposo y caduco llamado España y para ellos Estado español, un concepto más etéreo y por tanto artificial. Se niega España, en su lugar se acepta Estado como una construcción temporal.

Durante años, el soberanismo ha hecho un retrato a su medida de ese enemigo y se lo han comprado miles y miles de catalanes. España, dicen –vean sus persistentes mensajes en las redes sociales-, es corrupta, es la de Bárcenas, la de Camps en Valencia, o la los fondos de formación en Andalucía.

Y lo repiten una y otra vez sin reparar ni por un minuto en las condenas ya firmes al extinto Unió Democràtica por corrupción en formación, o el caso Pujol sin ir más lejos. “Los papeles de Junqueras te llevan a la cárcel, los de Bárcenas a presidente”, repiten constantemente hoy en Twitter.

Nadie recuerda cómo Pujol movió cielos y tierra para ser desimputado en el caso Banca Catalana.

La justicia en el Estado español está politizada hasta las trancas y nadie recuerda como Pujol movilizó cielos y tierra, con ayuda entonces del gobierno central para que fuera desimputado en el caso Banca Catalana, en los albores del pujolismo. Que la esposa de Germà Gordó, uno de sus dirigentes hasta que las acusaciones de corrupción le han hundido, es miembro del Consejo General del Poder Judicial.

Es inútil repetir que la justicia española no encarcela a nadie por sus ideas, sino cuando al intentar plasmar esas ideas en actos se comenten delitos perfectamente tipicados. Todo ello basado en el Código Penal de 1995, ampliamente repaldado en las Cortes por partidos militantes hoy en el desafío al Estado. ERC ha sido siempre independentista y sus dirigentes han gozado siempre de absoluta libertad, hasta que la jueza considera probado que utilizaron fondos y recursos del Estado para desobedecer al Tribunal Constitucional. Otegui no fue nunca a la cárcel por sus ideas sino por complicidad con el terrorismo.

Los dirigentes de ERC siempre han gozado de libertad, hasta que utilizaron recursos del Estado para desobedecer al Constitucional.

Es igual. Ninguno de estos contraargumentos hace nunca mella en la coraza perfecta del relato virtual independentista. Y la verdad es que se puede entender. El éxito, el enorme éxito del soberanismo ha sido generar un relato guay, cool, encisador (ilusionante en catalán), más allá de estar basado en verdades o no, lo que resulta para ellos y su estrategia poco relevante.

Frente al discurso pragmático, realista, aburrido… de lo que es la ley, frente a la machaconería insulsa de las obligaciones y derechos que impone la democracia en un estado moderno, los independentistas han exhibido una realidad virtual, ajena a hechos, teñida de supremacismo e ilusionismo: la Cataluña futura, libre, independiente, será más rica, mejores las pensiones, más felices las personas, Europa la acogerá con los brazos abiertos porque cómo va a prescindir el viejo continente de una de sus naciones más desarrolladas.

En este país saltarse las leyes tiene un precio, a menudo años de cárcel.

El triunfo del soberanismo hasta ahora se ha basado no en mostrar que ésta era una rebelión pura y dura de ricos contra pobres –como en su día cometió el error la patética Padania- sino una ensoñación, una sublimación. Esa Cataluña, más rica y plena, como reza su himno, se conseguiría además de una manera indolora y festiva, de Diada en Diada, ante una España –el resto, del Ebro para allá– que no sabría como reaccionar.

Pero vete aquí que como decía en su despedida tras decenas de años en cartel el maravilloso musical Cats “Even magical things must come to an end” (Incluso las cosas mágicas deben tener un final). Y ayer una jueza puso punto final a esa realidad virtual que venía chocando y sobrepasando todos los límites de la Constitución y las leyes españolas y en base puramente a ese estricto criterio encarceló a una buena parte de sus promotores. Porque en este país, como en cualquier otro democrático, saltarse las leyes tiene un precio, a menudo años de cárcel.

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