El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a la delegada del Gobierno en Cataluña, Teresa Cunillera (d), a su llegada a la Llotja de Mar de Barcelona, donde se celebró este viernes la reunión del Consejo de Ministros

Pedro Sánchez recurre a los muertos para resucitar su proyecto

El presidente del Gobierno, que tiene pendiente la exhumación de Franco, pone en la agenda a otros dos desaparecidos: Tarradellas (ERC) y Companys (ERC)

Los muertos siempre han sido un buen negocio político. Ofrecen la posibilidad de construir un discurso, sirven para empatizar con quienes sienten aprecio o desprecio por el difunto y cuestan poco dinero. Consciente de todo ello, Pedro Sánchez ha optado por convertirse en el presidente de los muertos: ése podría ser el lugar que le reserva la historia de España.

Sánchez apenas llevaba unos días instalado en la Moncloa cuando anunció su intención de exhumar a Franco del Valle de los Caídos con el propósito de "cerrar heridas" y de dar brillo a la democracia española. Era el mes de junio. Seis meses después, el cadáver del dictador sigue en el mismo sitio. 

Confiaba el Gobierno en una discreta mudanza del siniestro general desde San Lorenzo de El Escorial a El Pardo, pero se vio envuelto en un lío judicial con los nietos del muerto y, lo que aún es peor, con el temor a que sus restos acabaran en la catedral de la Almudena, en pleno centro de Madrid.

Pese a los obstáculos, Sánchez todavía confía en apuntarse el tanto de ser el presidente que desenterró y dio nueva sepultura a Franco. El regocijo irá por dentro, pero es fácil intuir la música que sonará en el avión presidencial:

Te mataré con mis zapatos de claqué
Te asfixiaré con mi malla de ballet
Te ahorcaré con mi smoking
Y bailaré sobre tu tumba

No es necesario, sin embargo, una aparatosa exhumación para hacer negocio político con los muertos. Sánchez lo demostró este viernes con la reunión del Consejo de Ministros en Barcelona, convertido en un auténtico monumento a la gesticulación política. 

Se desplazaba el presidente y sus ministros a la capital catalana con la intención conocida de aprobar una subida del salario mínimo interprofesional, pero sorprendió a todos con dos golpes de efecto. Inopinadamente, el Gobierno de Sánchez anunció dos reconocimientos a dos muertos: a Josep Tarradellas y a Lluís Companys.

Tarradellas, fallecido hace 30 años, se llevó, nada más y nada menos, que el nombre del aeropuerto de Barcelona-El Prat. Nadie había pedido tal y nunca hubo un debate sobre tal. Pero las letras de Tarradellas lucirán en breve en el aeródromo de la capital catalana. 

Companys, por su parte, se llevó una declaración aprobada por el Gobierno de rechazo a la condena de "reparación, reconocimiento y restitución de la plena dignidad". 

Conviene no pasar por alto un detalle: Tarradellas y Companys fueron dirigentes de ERC. A la parroquia de Esquerra fue, sobre todo, dirigido el gesto aunque sus dirigentes lo desdeñaron. 

Pero Sánchez se fue convencido de que los de Oriol Junqueras tienen ahora más argumentos para mantener en pie al presidente de los muertos, muy interesado en prolongar la legislatura unos cuantos mesos a la espera de que su proyecto resucite. 

 

Marcos Pardeiro

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