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Órdago a ciegas en Oriente Próximo

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La región sufre aún los efectos secundarios de la funesta guerra de Irak: las rencillas históricas no suelen conducir a nada bueno

26 de diciembre de 2017 (05:00 CET)

Para Bill Clinton, una de las mayores decepciones de su carrera política llegó justo en el ocaso de la misma. Según contó pocos años después, no fue capaz de convencer al que sería su sucesor, George W. Bush, de que Osama bin Laden representaba la mayor amenaza para la seguridad estadounidense. “Durante su campaña, Bush dijo que pensaba que las principales prioridades en materia de seguridad eran Irak y la defensa nacional antimisiles”, se lamentaba Clinton. Irónicamente, los atentados del 11-S que ideó Bin Laden terminaron utilizándose para justificar que la Administración Bush se lanzara en pos de su gran obsesión, que no era otra que derrocar el régimen de Sadam Hussein.

Junto con Irak, otros dos Estados integraban el “eje del mal” al que Bush se refería con asiduidad: Corea del Norte e Irán. Ateniéndonos al reciente discurso de Donald Trump en la Asamblea General de la ONU, la actual administración estadounidense percibe que en dichos países se siguen concentrando sus amenazas más inmediatas. La única diferencia sustancial es que en Irak, sumido en una devastadora guerra civil, la encarnación del mal es ahora el autodenominado Estado Islámico, también presente en Siria.

Como el propio Trump ha reconocido, Oriente Próximo sigue sufriendo los efectos secundarios de la funesta Guerra de Irak. Sin embargo, el actual presidente estadounidense no parece haber interiorizado la siguiente lección: las políticas basadas en rencillas históricas y dogmatismos no suelen tener resultados positivos, y menos aún en esa convulsa región.

Bill Clinton confesó que uno de sus mayores fracasos fue no poder convencer a George W. Bush de que Bin Laden era la gran amenaza para los EEUU

Si ha habido últimamente algún avance significativo en lo que se refiere a poner cortapisas a los llamados rogue states (clásico término estadounidense recuperado por Trump, y que podría traducirse como “Estados canalla”), este ha sido sin duda el acuerdo nuclear con Irán. Tras años de arduas negociaciones, en 2015 se logró que Irán aceptase límites estrictos a su programa nuclear a cambio de una atenuación de las sanciones. El acuerdo nuclear precede en pocas semanas a otro gran hito del multilateralismo, como fue la adopción del acuerdo de París sobre el cambio climático.

Por desgracia, estos dos acuerdos comparten una característica más trascendental que el haber coincidido en el tiempo: Trump parece creer que ambos son catastróficos para los intereses estadounidenses. El pasado mes de junio, el presidente estadounidense anunció su intención de retirar a su país del Acuerdo de París y, hace unas semanas, el presidente se negó a otorgar oficialmente su visto bueno al acuerdo nuclear, como una ley le emplazaba a hacer cada 90 días. De este modo, Trump puso en marcha un procedimiento a través del Congreso que podría desembocar en una reimposición de sanciones a Irán y, por ende, en la violación del acuerdo nuclear por parte de Estados Unidos. De hecho, durante su campaña electoral, Trump aseguró que desmantelarlo era “su prioridad número uno”.

Es evidente que el acuerdo no ha resuelto todos los problemas relacionados con Irán. Por mucho que Trump esté consiguiendo que un antiguo Estado paria como Irán se gane cierta simpatía a nivel internacional, no conviene olvidar que el régimen iraní sigue cometiendo violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos, y sigue prestando apoyo a grupos extremistas en países de su vecindario. Pese a no estar prohibidas por el acuerdo nuclear que, según el Organismo Internacional de Energía Atómica, Irán está cumpliendo, estas pruebas contradicen la afirmación del presidente Hasán Rouhaní en la ONU de que “nunca amenazamos a nadie”.

Pese a los esfuerzos de Trump, el régimen iraní sigue cometiendo violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos

¿Qué alternativa que esté a nuestro alcance sería capaz de solucionar todas estas cuestiones simultáneamente? La respuesta es clara: ninguna. Sería absurdo esperar del acuerdo nuclear que fuera una panacea, pero tuvo la virtud de desterrar, aunque sea mediante algunas provisiones con fecha de caducidad, la posibilidad de que Irán desarrolle armamento nuclear en una región sumamente inestable. Además, abrió la puerta a emprender contactos diplomáticos más fluidos y productivos, y reforzó a un presidente —recientemente reelegido— que muestra la cara relativamente moderada de Irán.

Trump dice temer que Irán aproveche las actuales circunstancias para fortalecer su economía y retomar su programa nuclear más adelante. Pero una renegociación exitosa del acuerdo se antoja harto complicado, mientras que renunciar a él equivaldría a un gol en propia meta, y más cuando nos encontramos en plena crisis con Corea del Norte. Como el presidente francés Emmanuel Macron expresió sin ambages, existe la inquietante sensación de que Trump aborrece por encima de todo que el presidente Obama fuese un artífice del acuerdo nuclear, y lo mismo puede decirse del Acuerdo de París.

A pesar de sus múltiples incoherencias, la política exterior de Trump recuerda a la de George W. Bush en dos puntos básicos: por un lado, su tendencia a desafiar los límites convenidos y, por el otro, su insuficiente adaptabilidad a las nuevas informaciones recibidas. Lanzar órdagos a ciegas raramente es una fórmula constructiva de hacer política, como se viene demostrando durante el siglo XXI en Oriente Próximo. Decía Hegel que lo único que aprendemos de la historia es precisamente que no aprendemos de ella. No queda otra que esperar que Trump y los republicanos acaben reparando en todos los errores de Bush, y en este caso sea Hegel quien se equivoque.

*Artículo publicado en mEDium, anuario editado por Economía Digital

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