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La mentira ha sido el instrumento preferido de los gobernantes para ensuciar la realidad y ahora se aprovecha de la tecnología para hacerlo con más fuerza

Barcelona, 01 de enero de 2018 (04:55 CET)

La mentira es constante. “Esta noche, por primera vez, soldados polacos han disparado contra nuestro territorio” (Adolf Hitler). “La Unión Europea es un dinosaurio sin vigor, impotente y destinado a ser un protectorado de los Estados Unidos” (Jean Marie Le Pen). “El Gobierno tiene información reservada que demuestra que Irak, con armas químicas y biológicas, está conectado con grupos terroristas” (José María Aznar). “El concepto de calentamiento global lo creó China para que nuestra industria sea menos competitiva” (Donald Trump). “Decir ‘exprópiese’ es decir ‘democracia’” (Pablo Iglesias). “Somos la última colonia de España” (Irene Rigau).

La Segunda Guerra Mundial, la segunda guerra del Golfo, la crisis del euro y la Unión Europea (UE), el populismo contemporáneo, el nacionalismo… ¿Quién ha dicho más mentiras en Europa durante los últimos cien años? Es difícil de concretar. Sí se erige, en cambio, como verdad empírica que la inestabilidad germina siempre en el mismo caldo: la farsa.

Solo el belicismo puro, a veces, tiene una causa diferente: la religión. Aunque… ¿qué tiene de verdad, de factual, la religión más allá de la certeza sobre su capacidad unificadora y de confort mental? La mentira, por tanto, no necesita reinventarse: solo nuevos aliados. Históricamente está asentada en cimientos sólidos y de eficacia probada: allende la verdad, sus ideólogos son catedráticos en manipulación.

Algunos lemas son legítimos: llegar a la presidencia de Estados Unidos o lograr la independencia de Cataluña. Pero otros derivan en mentiras descaradas y peligrosas

La doctrina previa de la sociedad asegura el éxito de esa propaganda y, por tanto, de la trola. En la mañana del 1 de septiembre de 1939, tras una década de gota malaya ideológica, Hitler proclamó frente al Reichstag alemán que Polonia había tomado una pequeña estación de radio en la frontera con Alemania. En realidad, números de las SS perpetraron el ataque a Radio Gleiwitz para brindar una excusa que diera legitimidad a las veleidades militares y raciales del dictador. Empezó la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo no respaldar al canciller si los polacos la emprenden a tiros contra una emisora local? ¿Cómo no votar a Trump si protegerá los empleos frente a la globalización?...

El lema fácil y resultón suele ser —ayer y hoy— punto de partida para lograr adhesiones a proyectos intelectuales de todo tipo. Algunos son legítimos: llegar a la presidencia de Estados Unidos o lograr la independencia de Cataluña. Por tanto, en sí misma, la proclama no es ni buena ni mala siempre que discurra con arreglo a la ley, que es la norma que entre todos nos damos para convivir.

Otras veces, esos lemas, fáciles y resultones, derivan en mentiras descaradas y peligrosas. Tras la farsa totalitaria se escudan, con demasía, terror, racismo y odio que, a su vez, generan problemas de seguridad, políticos y sociales. Ello ya pasó y pasa de nuevo. Simplemente añadimos el prefijo “ciber” para señalar qué nos amenaza hoy: ciberterrorismo, ciberespionaje, ciberpropaganda… ¿Les suena?

La tecnología y la globalización han traído la mentira moderna

Nuevos equilibrios. De 1939 a nuestros días, el engaño, caldero en el que también se cocina el aislacionismo, sacude la sociedad con descaro y siempre la esculpe. La evolución de la treta solo se explica con dos nuevos aliados. De la tecnología y su consecuencia, la globalización, nace la mentira moderna. Javier Solana identifica en su artículo los equilibrios mundiales por definir en este nuevo, aunque añejo a la vez, escenario.

Hay paralelismos entre los siglos XX y XXI sobre los que detenerse: guerras mundiales (la del terrorismo) y frías (la nuclear de Corea del Norte); carreras tecnológicas (la disputa por la bomba atómica y la presión por ir más allá en ciberespionaje); crisis económicas de enorme sufrimiento (1929 y 2008)… La mentira siempre está presente. Insufla oxígeno, incluso, a las depresiones económicas: “El sistema bancario español es de champions” (José Luis Rodríguez Zapatero).

La farsa goza, como en el siglo XX, de buena salud. Y el pronóstico es favorable: se revela con mayor vigor que en los manuales de historia, esos que relatan los episodios más oscuros de la civilización. La brecha abierta para la esperanza llega de la mano de una generación de líderes, consciente de la capacidad que tienen tecnología y globalización para alimentar la inestabilidad. La nueva Europa responde, describe Josep Piqué. ¿Es la sociedad francesa, como colectivo, más perspicaz que la estadounidense o la británica? ¿Trump ganó por voluntad popular real o porque el Gobierno estadounidense no evitó —o no supo—, como sí lo hizo el francés, las ciberinjerencias rusas que, quizá, habrían aupado definitivamente al Frente Nacional? ¿Además de la crisis territorial de España, relataríamos en mEDium la disolución de la UE de no ser por François Hollande y Enmanuel Macron?

Las redes sociales contribuyen al adoctrinamiento, pero son una herramienta clave para las nuevas políticas de defensa

Es paradójico que dos socialistas, en sus distintas versiones, entiendan estas amenazas cuando su corriente ideológica todavía no ha encontrado respuesta a la globalización. Y de ahí la particular crisis del socialismo. Esperanza, decíamos, en la nueva hornada de líderes; pero también en las redes sociales. Contribuyen al adoctrinamiento, cierto. Pero desmontan los bulos con contundencia herculina y celeridad sónica. Son una herramienta clave en la construcción de las nuevas políticas de defensa.

Redefiniendo la defensa. Este año España se topó de bruces con la realidad más dura. Los ciberataques ni son lejanos ni anecdóticos. Tienen diferentes objetivos. Estados, empresas o personas. La sociedad no está dispuesta, mayoritariamente, a tolerar ningún coste, ni dinerario ni social (libertades), para contrarrestar esta eclosión. En este contexto, los instigadores, como Hitler en 1939, se sienten omnipotentes. Ponen en jaque a medio IBEX y a miles de pymes, construyen un Estado paralelo en internet o arman movimientos presuntamente desestabilizadores con impunidad. Se persigue a las personas.

Que una red de bots postee constantemente proclamas es inofensivo si el objetivo es lograr votos. El peligro de seguridad nace cuando se usa para perseguir al discrepante y crear un apartheid en base a hashtags.

El 15-M fue en España la antesala y probeta experimental de esta temible espiral. El “pásalo” por SMS del 11-M de 2004 fue, quizá, el embrión. Este año, el separatismo catalán, consciente de que las redes sociales son un arma (o instrumento más), manipula y construye su relato alternativo con habilidades propiamente artísticas y cierta ayuda rusa. Su jauría digital alimentó la ciber-revolución catalana en base a proclamas automatizadas y perfectamente guionizadas.

España tarda en responder a los retos desde la vertiente tecnológica y de comunicación

También acosó a los contrarios a su causa. Volvemos al siglo XX: ningún adoctrinamiento de masas tiene éxito sin un enemigo identificable, próximo y, sobre todo, opresor. Desestabilizó así España. Los países ya no se juegan la integridad con tanques. España, país aún de extremos cainitas, tarda en responder a estos retos desde la vertiente tecnológica y de comunicación; pero sí se arma de la legislación más moderna de Europa.

Y en este ámbito, curiosamente, sirve de ejemplo a sus socios. El Reino Unido intenta implementar las mismas leyes que permiten desactivar células como la derivada de la investigación de la huella digital. Es decir, la policía española puede arrestar, por ejemplo, a presuntos yihadistas por la actividad propagandista —por sus mentiras y puestas en escena— orientada a la captación de adeptos y a esparcir el miedo.

Ignasi Guardans dibuja esta globalización del terror y apunta una deriva, también añeja: el choque cultural y el odio de quienes lo justifican y alientan. Ello nos obliga a dejar anotada otra pregunta para el debate: ¿Cómo demostrar, y por tanto castigar, el ciberterrorismo? ¿Y los posibles delitos de ciberodio? Las leyes españolas —por tanto, también las europeas— y los jueces que las aplican tienen ante sí un reto, a pesar de los avances, mayúsculo.

El separatismo catalán manipula y construye su relato alternativo con habilidades propiamente artísticas

La amenaza es real. Es interesante que se admitan estas debilidades. Volvamos al siglo XX. En su omnipotencia, la caída de Hitler empezó el 1 de septiembre de 1939.

Si el mayor manipulador de la historia no supo evitar el desenmascaramiento de sus farsas, los propietarios de arsenales informáticos, amigos de lo ajeno y de la inestabilidad política tampoco podrán ahora impedirlo. Ni siquiera esta nueva alianza de la mentira con la tecnología y la globalización parece invencible. Algunos grandes países asumen que dicho tridente tiene capacidades desestabilizadoras.

No es un juego. El primer paso se ha dado: reconocer el peligro. El campo de batalla está dibujado, ahora solo hay que desempeñarse en él con ejércitos de jueces formados, ingenieros, espías, inteligencia artificial y sobre todo un relato real con el que contrastar los ataques a ciudadanos anónimos y líderes políticos.

 El campo de batalla está dibujado, ahora solo hay que desempeñarse en él 

Si la respuesta no se da globalmente en los mayores frentes abiertos —espionaje (político e industrial), defensa y propaganda— y la sociedad, en su conjunto, lo considera un juego o fenómeno lejano, será precisamente ese juego el que nos llevará a la quiebra social y económica.

Este año no solo se ha tomado nota de cómo se desestabilizaba el IBEX, con los ciberataques del 12 de mayo a las grandes compañías españolas, o cómo un país entero, España, caminó hacia su mayor crisis institucional de la mano de la ciberpropaganda. Centenares de ciudadanos han sufrido directamente la virulencia de esta nueva amenaza global. Y es que se ha demostrado que la pyme que sufre un ciber ataque cierra al cabo de seis meses. No imaginamos ahora violencia más cercana, mortal y, por tanto, real. 

*Artículo publicado en mEDium, anuario editado por Economía Digital

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