El distanciamiento social llegó para quedarse, según los científicos

Los expertos dicen que las drásticas medidas contra el Covid-19 deben mantenerse hasta que haya suficiente inmunidad o, en su defecto, una vacuna

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Históricamente, la comunidad científica ha tenido desencuentros internos: opiniones contradictorias, estudios antagónicos y soluciones incompatibles. Es una parte esencial del intercambio de conocimiento, y a la postre es uno de los estímulos para que sus hallazgos dejen huella en la civilización. El desacuerdo, le pese a quien le pese, es el motor del cambio, y sin contrastes solo hay autoritarismo.

Pero a veces hay consenso, y aunque con respecto al nuevo coronavirus hay muchos criterios encontrados entre los científicos, la mayoría parecen estar de acuerdo en que la pandemia del Covid-19 debe permanecer a un bajo nivel hasta que suficientes personas sean inmunes o, en su defecto, haya una vacuna, como bien explica el MIT Technology Review. Ninguno de esos escenarios se prevé inmediato, y por lo tanto, las drásticas medidas que están tomando los gobernantes tampoco se esfumarán de forma súbita.

Lo que nos lleva al distanciamiento social. Apenas atravesando la primera semana del confinamiento obligado, la ciudadanía de España —y de otros países que han tomado medidas similares— se pregunta cuánto tiempo más tendrá que abstenerse de participar en la sociedad de la misma forma en la que lo han hecho todas sus vidas. Los padres de familia están aprendiendo a convivir las 24 horas del día con sus hijos —que no van a clases— en el mismo espacio, y los jóvenes se han visto obligados a pasar la tijera a la agenda social, con todo lo que ello implica.

Los expertos lamentan no poder dar esperanza en este sentido, pues muchos de ellos pronostican que este es apenas el comienzo. No es casualidad que los Gobiernos de España y Francia se preparen para extender la orden de confinamiento en todo el territorio, al igual que Italia, que lleva más tiempo bajo estas circunstancias. El distanciamiento social llegó para quedarse, significando que, incluso cuando las cifras de nuevos contagios se empiecen a desinflar, nuestras interacciones en la sociedad seguirán siendo limitadas.

En un estudio publicado este pasado miércoles, los expertos de la universidad británica Imperial College London define el distanciamiento social como un esfuerzo para que todos los hogares reduzcan los contactos fuera de la casa, la escuela o el trabajo en un 75%. «Esto no significa que puedes salir con tus amigos una vez a la semana en lugar de cuatro; significa que todos debemos hacer todo lo que podamos para minimizar el contacto social y, en general, que el número de contactos caiga en un 75%», explica el periódico científico del MIT.

El modelo de los citados científicos británicos apunta a que las medidas de distanciamiento social deberán imponerse al menos dos terceras partes del tiempo; por ejemplo, confinamientos y cierres de escuelas durante dos meses, y un mes de relativa normalidad, y así sucesivamente. Esto, hasta que haya una vacuna, lo que podría durar al menos 18 meses. «El distanciamiento social intermitente puede permitir que las intervenciones se relajen temporalmente en ventanas de tiempo relativamente cortas, pero las medidas deben introducirse de nuevo si los casos rebotan», reza el informe del Imperial College London.

¿Qué dicen otros científicos?

La separación forzada de los humanos, seres intrínsecamente sociales, es motivo de conversación estos días en la comunidad científica. Y así como los hay escenarios pesimistas que hablan de meses y hasta años de distanciamiento social, también los hay más optimistas. El profesor de enfermedades infecciosas de la Universidad Johns Hopkins, Morgan Katz, dijo a The New York Times que su «esperanza» es que, en Estados Unidos —donde estas medidas no se han decretado aún para toda la población— podrían llegar a su fin a finales de mayo; es decir, dentro de poco más de dos meses.

Pero huelga decir que pronósticos como el de Katz son ahora mismo los menos, siempre matizando que una situación como esta no tiene precedentes y que el único modelo de comparación es China, donde se originó el Covid-19 y donde primero se tomaron medidas como el confinamiento y la suspensión de todas las actividades. Y, aunque en China parece haber un avance en torno a la cantidad de contagios nuevos, también existe en toda Asia un gran temor a una segunda ola del coronavirus, y debajo de ese temor yace un dato: la segunda de las tres olas de la pandemia de la gripe de 1918 fue la más letal.

En un artículo sobre las tácticas elegidas hasta ahora para combatir la pandemia, la revista científica Science se informa del caso chino para afirmar que «hay pocas dudas de que el distanciamiento social puede reducir en gran medida la transmisión del virus». También recuerda las palabras del director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, cuando aconsejó a los gobiernos del mundo a que no se limiten a las pruebas para detectar la enfermedad, ni a rastrear los contactos de los enfermos, ni a imponer cuarentenas, ni a confinar a la población. «Hacedlo todo», exclamó.

Lo cierto es que hace tan solo algunas semanas muchos gobernantes rechazaban medidas tan draconianas como las activadas en China, defendiendo que la democrática sociedad occidental jamás llegaría a tales extremos. A estas alturas deberíamos estar preparados para ver más situaciones nunca antes contempladas, como ya está sucediendo en tantos países. El epidemiólogo de la Universidad de Edimburgo, Mark Woolhouse, defiende que ahora está claro que la humanidad no se deshará del Covid-19 como hizo con el SARS en 2003. «Viviremos con este virus indefinidamente», ha advertido el experto.

«Mantenerlo a raya podría requerir confinar a la sociedad durante muchos meses, a costos asombrosos para la economía, la vida social y la salud mental», ha apostillado Science. El también epidemiólogo Seth Berkley, de la Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización (GAVI), entiende que este no es un escenario atractivo para nadie: «No se puede decir que la Tierra tiene que detenerse por uno o dos años». Pero, ¿tenemos alguna otra opción? Las «extremas limitaciones en el movimiento de la población» en China han sido especialmente «exitosas», dice el científico de infecciones Michael Osterholm a Nature.

Esta revista científica también se ha sumergido en el debate. Antes de las invervenciones extremas, los científicos chinos estimaban que cada persona infectada podía contagiar con el virus a más de otras dos personas, acelerando su potencial avance. Pero después de la primera semana de confinamiento, este estimado bajó a la mitad. Otros modelos científicos han mostrado que si China hubiera implementado estas medidas una semana antes, habría prevenido el 67% de los casos; si lo hubiera hecho tres semanas antes, las infecciones habrían sido el 5% del total, lo que demuestra la eficacia del aislamiento.

Para los países en los que la situación todavía no se ha desbordado, el investigador de enfermedades emergentes de la Universidad de Southampton, Andrew Tatem, tiene un consejo: «Si tienes que priorizar, la detección temprana y el aislamiento de los contagiados son las medidas más importantes». Con respecto a la situación en China, muchos científicos creen que todavía habrá que esperar al menos dos meses para saber si el confinamiento de la población y otras medidas estrictas surtieron efecto, y si la relajación de estas directrices ante la caída de casos es una buena noticia o un gravísimo error.

Para el resto de la población, el dogma científico es que «nuestras acciones son más importantes que las medidas gubernamentales», en palabras del epidemiólogo del Imperial College London, Roy Anderson.

 

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