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Coronavirus: Una posible lección existencial por defecto

Estamos ante un acontecimiento que nos están dando una importante advertencia existencial, posiblemente para que corrijamos ciertos comportamientos nefastos

Generalmente aprendemos por propia iniciativa y voluntad o, si no, por imperativos ajenos o los errores que cometemos y no queremos repetir. Entre las enseñanzas involuntarias se pueden referir las llamadas “lecciones que da la vida”, casi siempre sobrevenidas e imprevistas; siendo que la pandemia en la que nos encontramos puede que responda a este último planteamiento. Con todo lo que supone la crisis del coronavirus a nivel mundial, sin embargo encuentro cierto paralelismo con los procesos existenciales a nivel personal y que suelen suponer experiencias, aportaciones y cambios transcendentales vitales.

Sin ánimo de ser positivista ni de recurrir al acervo popular mediante dichos como “no hay mal que por bien no venga”, simplemente pretendo extraer la enseñanza o lo que, en definitiva, significa para nuestra existencia (individual y colectiva) lo que está ocurriendo. Me refiero a los procesos y hechos que “te cambian la vida”, a veces tan comunes como las conocidas crisis de la adolescencia, muchas depresiones (las que se superan) o periodos que requieren guardar cama o descanso (generalmente debido a enfermedades, traumatismos, etcétera). En muchos de estos casos resultan frecuentes expresiones como “experimenté”, “me dí cuenta”, “a partir de aquella” o “supuso un antes y un después”.

El Covid-19 nos ha postrado a escala colectiva, como cuando a escala individual estamos inmersos en nuestro día a día, sin tiempo a reflexionar, y nos sucede algo que nos hace parar

También muchas personas reconocidas hacen referencia a estos procesos, como la psicóloga Susan Blackmore cuando cuenta cómo “un virus muy desagradable” le mantuvo en cama y obligó a parar en sus actividades habituales pero, en cambio, así pudo leer mucho e idear sus planteamientos sobre las unidades de información y reproducción sociocultural que nos conforman y que conocemos ahora como memes. Lo mismo que se puede deducir a nivel colectivo de catástrofes o pandemias anteriores que, por ejemplo, nos llevaron a mejorar nuestras condiciones higiénicas y sanitarias y, posiblemente, a comprender y asimilar la igualdad y la solidaridad de esta otra manera, ya que por nosotros mismos parece que nos cuesta más.

Un cartel con la frase "todo estará bien" en Turín, Italia, en plena crisis del coronavirus, el 25 de marzo de 2020 | EFE/EPA/TR

Un cartel en Italia con el lema "saldrá todo bien" anima a la población azotada por el coronavirus

Por supuesto, no estoy abogando ni mucho menos soy partidario de que nos tenga que pasar algo “malo” para darnos cuenta o descubrir aspectos y conocimientos vitales, sino que postulo todo lo contrario: que nos desarrollemos y maduremos de forma armoniosa y natural. Sin embargo, mientras no sabemos ni aprendemos a “leer” o a “escuchar” a nuestra existencia y a la vida en general, incluso los llamados “partos creativos” siguen haciendo referencia a este tipo de procesos, muchos de ellos percibidos y descritos como “dolorosos”.

Por tanto, me atrevo a aplicar a la situación actual este tipo de hechos. El Covid-19 nos ha postrado a escala colectiva, como cuando a escala individual estamos inmersos en nuestro día a día, en modo automático, sin tiempo a reflexionar y nos sucede algo que nos hace parar. Igualmente, entonces es cuando tenemos tiempo de pensar, nos damos cuenta de cosas, percibimos aspectos que antes ignorábamos, ideamos nuevas composiciones, hacemos otras cosas, priorizamos, relativizamos, etcétera.

Como mantengo en mi libro Guía existencial para (el) ser humano, nuestra todavía joven especie, en términos geológicos, debe hallarse en el tránsito o cambio de etapa, que yo sitúo o comparo con la que se produce de la infancia a la adolescencia y otros autores en la siguiente, de la adolescencia a la etapa adulta. Sea la que sea cronológicamente, la cuestión es que ese impasse parece evidente; mientras que, como nos ocurre a nivel individual, cuando lo desconocemos y/o no lo atendemos adecuadamente, parece que nuestro “cuerpo, psique o espíritu sociales” nos dan el “toque de atención”, para indicarnos lo que corresponde y que no percibimos o ignoramos como especie evolutiva. En otras palabras, me refiero a los procesos de desarrollo y maduración, ya sean físicos, mentales o espirituales, tanto a escala individual o colectiva.

Nuestro estadio o etapa de desarrollo evolutivo está cambiando y, tal como nos estamos comportando, no vamos bien

Pienso que algo así nos está ocurriendo ahora, pues el panorama y diagnóstico global derivados de nuestro “modus operandi” o comportamiento a escala mundial indica que algo “se estaba cociendo” y que “no olía bien”. Me refiero al cambio climático provocado por nuestra causa, al capitalismo extremo, a las todavía frecuentes e inconcebibles guerras, a la falta de solidaridad y ayuda mutua (como en el caso vergonzoso de los refugiados), a la continuada falta de igualdad en muchos de nuestros órdenes y que puede cronificarse (las “brechas” de género, educación, digital, económica), al sempiterno materialismo y consumismo dominantes, a la explotación inmisericorde del planeta (recursos, animales, vegetales, entre nosotros mismos), a la extinción de miles de especies y continuas faltas de respeto a la vida, a las contaminaciones de todo tipo (basura, plásticos, vertidos, polución), a la falta de colaboración o desconfianza preponderante en nuestras relaciones y, sobre todo, a los infantiles egoísmos individuales y colectivos (etnocéntricos), que ya tocan superar si queremos “madurar” y no quedarnos evolutivamente retrasados e inadaptados.

Esto es, que nuestro estadio o etapa de desarrollo evolutivo está cambiando y que, tal como nos estamos comportando, no vamos bien; por lo que tenemos que reaccionar y hacer algo al respecto porque, hasta ahora, nuestra actividad e intereses espurios a escala mundial resultan claramente inadecuados en muchos órdenes, al darles más valor e importancia que a nuestro interés y voluntad para armonizar y orientar correctamente nuestra existencia.

Como resulta que muchas veces no lo hacemos por nosotros mismos, por propio convencimiento y conocedores de ello, entonces es cuando el proceso de desarrollo como especie busca otras salidas o alternativas, como pienso que supone esta crisis que estamos “padeciendo”, pero que parece una forma para que nos demos cuenta y seamos capaces de aprender “la lección” que ello implica.

Estoy seguro de que este “parón” forzado va a tener muchas consecuencias, pero lejos de ser solo o eminentemente catastróficas (menos aún apocalípticas) o de lamentarnos básica y principalmente, si verdaderamente somos sapiens (y así lo considero), entonces posiblemente estamos ante un acontecimiento y experiencia que nos están dando una importante advertencia existencial, posiblemente para que corrijamos y dejemos ciertos comportamientos nefastos y que todavía hacemos compulsiva, egoísta, irracional y antinaturalmente.

Un “toque de atención” a nivel colectivo, por tanto, para indicarnos el sentido, contenido y pasos que, conjuntamente, debemos de plantearnos y emprender de aquí en adelante, ejercitando así también y de nuevo nuestra capacidad de resiliencia; posiblemente como especie con más consciencia y, por tanto, responsabilidad del planeta que habitamos y, por consiguiente, con ciertos hechos y comportamientos actuales que son inapropiados y resultan a todas luces una lacra para el mundo y, concretamente, para nuestro devenir y desarrollo existenciales. 

Un artículo de Xosé Gabriel Vázquez

Xosé Gabriel Vázquez es doctor en Sociología y Profesor de la Universidade da Coruña. Es autor de Animal de realidades y deGuía existencial para (el) ser humano (Premio Diderot de Ensayo 2019)

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