¿Cómo se gana (o se pierde) una huelga general?

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Gobierno y sindicatos librarán de nuevo las batallas de la información y el transporte público para condicionar el seguimiento del paro del 14-N

Méndez y Toxo durante una de las presentaciones de los actos del 14-N

10 de noviembre de 2012 (18:58 CET)

Cuando Mariano Rajoy le confesó al primer ministro finlandés, Jyrki Katainen, sin imaginarse que les grababan, que su reforma laboral le costaría una huelga general, no pensaba que se enfrentaría a dos paros en su primer año de mandato. Nunca ha ocurrido algo similar en España. Todo presidente ha tenido su huelga general (a Felipe González le convocaron hasta tres), pero lo de ahora es distinto. Con casi cerca de seis millones de parados y con una economía que sigue en coma inducido, la situación es excepcional.

UGT y CCOO, principales convocantes del 14-N, queman sus naves con esta huelga. Cuando el PP ganó las elecciones hace un año, el prestigio de ambos sindicatos estaba por los suelos. Esa falta de crédito se debía a su complacencia con la política de Zapatero, sólo corregida cuando el anterior presidente se sometió a los dictados de Bruselas y Berlín en mayo de 2010 para evitar la intervención de la economía española.

La llegada de Rajoy al poder dio vida a los sindicatos. El nuevo presidente no tardó ni un mes en incumplir su programa electoral con la subida de impuestos. Después llegaron los recortes. UGT y CCOO vieron que el terreno estaba abonado para recuperar parte de la influencia perdida. Y convocaron la huelga del 29 de marzo, que tuvo un seguimiento que no superó el 20%. Sólo en la industria y en algunas grandes empresas, la convocatoria funcionó. Las masivas manifestaciones sirvieron para que las centrales se lo creyesen y sacasen pecho.

Apuesta muy arriesgada

Pero ahora Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo han hecho una apuesta muy arriesgada. Una huelga general es un instrumento excepcional y, como tal, no debe abusarse de él porque deja de ser eficaz. Ése es el riesgo del 14 de noviembre. Han vuelto a movilizar a sus afiliados para convencer de que esta vez no es sólo un paro laboral, en el que los trabajadores se juegan recuperar sus derechos, sino que afecta a toda la sociedad por los recortes en el Estado del bienestar. Por eso hablan de no consumir; por eso piden a los padres que no lleven a sus hijos a la escuela el 14-M.

Como en unas elecciones, el éxito o el fracaso de una huelga general se libra en las semanas o días previos a su convocatoria. Es la batalla de la información, donde cada uno juega unas cartas. UGT y CCOO la están perdiendo. Su repercusión en los medios es menor que en otras ocasiones. En la calle no se vive un ambiente previo a un gran paro. El Gobierno, para contribuir a esa sensación, ha optado por una respuesta de perfil bajo.

Seguimientos muy dispares

A la vista de anteriores convocatorias, la batalla de la información será decisiva en las primeras horas del 14-N. A las nueve de la mañana la suerte estará echada. Gobierno y sindicatos tratarán de convencer de que han vencido en este pulso y ofrecerán estimaciones de seguimiento muy dispares, los primeros a la baja y los otros al alza. A esas horas, cada ciudadano, después de leer o escuchar las noticias, ya se habrá formado su opinión de lo que ha pasado.

Si ese ciudadano todavía trabaja y necesita coger el metro o el autobús para llegar a su empresa o Administración, puede encontrarse con que no le es posible. Junto a la información, el transporte público será la otra batalla que librarán Gobierno y sindicatos. Los servicios mínimos (su cumplimiento o no) condicionarán el alcance del paro en las grandes y medianas ciudades.

Escenas de piquetes

Los sindicatos se volcarán en los polígonos y en las grandes empresas en donde conservan aún influencia. Volveremos a ver escenas de piquetes repartiendo propaganda a la entrada de las zonas industriales, y también a otros recorriendo los centros urbanos a la hora en que abren los comercios. Lo más probable es que fracasen como en marzo, cuando no lograron romper, salvo excepciones, la normalidad en las pequeñas tiendas y la gran distribución. El sector servicios, salvo sorpresa, les dará de nuevo la espalda.

¿Qué pasará con los funcionarios y los empleados públicos? ¿Irán a la huelga? Motivos no les faltan para expresar su malestar. En diciembre no cobrarán la paga extra. Pero esa caída de ingresos puede llevarles a no sumarse al paro. Si hacen huelga saben que perderán el salario de un día, y a muchos es probable que no les compense.

El factor del miedo

A esa pérdida de salario por ir a la huelga se suma otro inconveniente para que el 14-N sea un éxito: el miedo cada vez más extendido entre los que aún conservan su empleo y temen perderlo si no van a trabajar. No cabe pasar por alto esta circunstancia, aunque rara vez se reconozca. El miedo juega a favor del Gobierno y de las empresas, como también la convicción de muchos trabajadores de que ir a la huelga no servirá de nada, como ya pasó con la anterior.

Sea cual sea la incidencia del 14-N, los sindicatos llamarán a los ciudadanos a participar en las manifestaciones de la tarde. Si la huelga no ha funcionado en las empresas y en la Administración, una asistencia masiva a estas marchas permitirá salvar la cara a UGT y CCOO. Algo de eso ocurrió en marzo. Los sindicatos se la juegan el próximo miércoles. Un gran fracaso les disuadiría de convocar más huelgas en toda la legislatura y debilitaría aún más su posición en las empresas y la sociedad. Es todo o nada.
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