Rosalía Mera, de costurera a empresaria

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Representó a una Galicia combativa, a menudo asilvestrada, hecha de jirones y retales, pero decidida a disputar sin complejos la hegemonía del mercado global

Rosalía Mera, durante una conferencia en A Coruña en 2010  | EFE

15 de agosto de 2013 (21:33 CET)

El adiós de Rosalía Mera confundirá el paisaje con el paisanaje. Las crónicas son implacables: muere la mujer más rica de España, con una fortuna de 4.700 millones de euros. Los que la trataron mantienen el tono intimista de su biografía, la de una niña de 11 años obligada a dejar la escuela para hacerse costurera. Y ligan la infancia difícil con su asalto al castillo de la diosa Fortuna, junto a su ex marido, Amancio Ortega, la cabeza visible de Inditex. Pero no nos engañemos, la Zara global de los Ortega tiene una cara menos amable en términos de dumping social y de sinergias en la logística de la confección a gran escala.

La Galicia de los Amancios (Ortega, López, Prada...), tan distintos, es también la nación de las Rosalías (De Castro, Mera,..) más cercanas de lo que obligan los cánones de la apariencia. Hasta tal punto de que, en este momento, le encajan a la empresaria los versos que compuso la escritora a consecuencia de un deceso dramático y muy cercano: “Cuando penso que te fuches/negra sombra que me asombra...”, que resonaron por toda el país tras el fatal accidente ferroviario de Santiago. Rosalía, la niña que correteaba por el barrio del Matadero de A Coruña, se ha mantenido en la estela de Mera, la empresaria y presidenta de Fundación Paidea, un patronato volcado en la integración de los discapacitados.

El embrión de Inditex

Su padre fue un empleado de Unión Fenosa, la parte occidental de la esplendorosa Gas Natural de hoy, la que levantó la marquesa de Fenosa desde un pazo lacustre pegado a la tradición y a la lluvia, como el que enfrentó a las dos Galicias imaginarias de Gonzalo Torrente Ballester en Los Gozos y las sombras. Su madre fue ama de casa. Rosalía encontró su ascensor social en el estilo de una self made woman. Y lo hizo a partir de La Maja, una elegante tienda de modas de la calle de San Andrés. Así nació Zara. Junto a Rosalía estaban su hermano Antonio, los Ortega y José Caamelo.

Más tarde, en un local de la calle Nova empezaron a producir batas de guata rosas con vivos azules. En el siguiente paso germinó Inditex, en una esquina de la calle Juan Flórez de la misma capital. Pero, como ocurre tan a menudo, el mundo de interiores de sus primeros escarceos se abrió al mar, a la llamada de Costa da Morte, a las imponentes rías y a Finisterre, el cabo peninsular más alejado de Oriente y, sin embargo, el más festoneado por sus fletes cargados de algodón y fibra. Los buques con destino a las maquilas de Shanghái y Hong Kong convirtieron a Zara en un gigante y, de paso, levantaron la fortuna personal de Rosalía, la Doña.

Divorcio de Amancio Ortega

Mera y Ortega resumieron en su juventud fines de semana de escaso descanso, salvo el cine y las palomitas; y también años enteros de vigilia. Cuando se divorciaron, en 1986, se partió la primera trinchera del textil español. Rosalía Mera se quedó con el 7% de la riqueza concentrada entonces en su sociedad patrimonial. Habían transcurrido dos décadas y tenían dos hijos, Sandra y Marcos Ortega.

En apenas medio siglo de historia económica, la competencia asiática había enterrado a los Sedó, Rosal, Torredemer y compañía, apellidos que señorearon el algodón y la lana sobre las cuencas fluviales de la Catalunya interior. El turno de Zara, el de la confección, selló el final del género de punto catalán. Su estilo, el de la itinerancia galaica anunciado por Cunquiero, dominó el sector y lideró a su patronal, el poderoso Consejo Intertextil, influyente en la CEOE y enormemente envidiado en el Instituto de la Empresa Familiar, el núcleo duro de la economía productiva española.

La despedida de Rosalía Mera es algo más que el adiós de la que fue compañera de Amancio. Ella representa a una Galicia combativa, a menudo asilvestrada, hecha de jirones y retales, pero decidida a disputar sin complejos la hegemonía del mercado global. No pasará desapercibida. Tendrá grandes defensores y grandes detractores que agitarán el paisaje y el paisanaje.
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