Artur Mas: el día que Kerensky abandonó el Palacio de Invierno

Josep Maria Cortés

10 de enero de 2016 (21:41 CET)

Artur Mas o los poderes ocultos. El joven de cuello almidonado que hace tres décadas fue CEO de la empresa de curtidos de Isidoro Prenafeta (primo del plenipotenciario Lluís), con el título de Esade colgado en la pared de su despacho, ha sido devorado por el procés. Ha pasado por todos los estadios de la política, hasta convertirse en un ex, antes de fundirse en la tramoya de su partido, CDC. Quienes le han acompañado afrontan ahora la renovación del banquillo, lo que los anglosajones llaman el cabinet reshuffle.

Cuando Mas empezó su carrera política era un militante de Sant Gervasi; un nacionalista de viernes por la tarde situado entre la reunión semanal y Vilassar de Mar. Era demasiado educado para la esgrima política y demasiado sobrio para abrirse camino en el partido de Jordi Pujol, adormecido por el carisma del líder. En 2003, el mundo había dado dos vueltas de tuerca. Aznar había invocado los demonios familiares de España y en Catalunya el Tripartito.  En los últimos metros de la campaña de las autonómicas, Zapatero levantó de los asientos a 20.000 personas convocadas en el Palau Sant Jordi al prometer la reforma del Senado y citar a Miquel Martí Pol.

ZP incumplió, pero Mas ya había tomado la determinación de romper la baraja. Soportó el Pacte del Tinell. Se le ensombreció el rostro y su rictus clásico de media sonrisa se hizo iracundo. Mas no quiso ser ya el comparsa de Pujol. No aceptó convertirse en el Miquel Roca que abandona tras un tortazo electoral, ni el Josep Maria Cullell de 1987, derrotado por Maragall en la Alcaldía de Barcelona. En 2003, Mas se encapsuló. Rechazó el papel de Floyd Patterson; no quiso ser la mandíbula de cristal de la política catalana. Antes de su salida del último Govern de Pujol, Mas tuvo que dilucidar, como consejero de presidencia, el relevo de Vilarasau en la Caixa.

Una vez fuera del poder, optó por una visibilidad granítica. Le aguardaban siete largos años de oposición leal. Pero con el paso del tiempo, cayó en la traición, cuando en diciembre de 2006 cenó clandestinamente con Zapatero en Moncloa para rehacer el Estatut a espaldas del Tripartito. Demostró, como Caín, que su reino valía una quijada. Escenificó con elegancia la traición de Shakespeare en el teatro isabelino, pero acabó repudiando lo que él había inventado, cuando el PP llevó el Estatut al Constitucional. En aquellos años de travesía del desierto, Mas practicó el networking con los empresarios. Conoció los jardines mesopotámicos de Palachi, Tusquets y compañía, en los remontes de Sarrià-Bonanova. Un chico del Sant Gervasi baix, el barrio menestral y profesional de la clase media, tocaba el cielo muelle de los estándares más altos, allí donde nunca llegó Pujol. Allí donde Pujol y su tribu han sido considerados oportunistas por los Güell, Rubiralta, Daurella o Godó, entre otros apellidos que evocan a la nobleza blanda de la Restauración borbónica.

En la oposición, Mas recuperó su aparente sello endomingado. Quiso abrir el melón del futuro. Reinventar la independencia, aquel concepto que Vicens Vives tildó de resentimiento y que llevó al exilio al cuñado del historiador, Frederic Rahola. Mas quiso escenificar la lucha nacional ante el sector más poderoso económicamente pero, al mismo tiempo, más reticente a la ruptura de España. Ante los grandes empresarios catalanes (Oliu, Gabarró, Alemany, Carulla, Esteve, etc.), Mas se anticipó: "hagan ustedes lo que consideren, pero no se interpongan en el camino a la independencia". Después, volvió al papel y a la política en un país pequeño, en el que estas labores llevan el sello de la menestralía.

Unos cuantos años antes, al finalizar los noventas, Convergència atravesó el relevo del padre de la patria, Jordi Pujol, hoy convertido en carne de reo. Duran Lleida el líder de Uniò Democràtica, entró en el Govern de Pujol como consejero de Gobernación, cuando Artur Mas se convertía en titular del Departamento de Economía. El orden protocolario coloca a Interior por delante de Economía y Mas aceptó ser el tercero a cambio de que Pujol le nombrara Portavoz. Duran tuvo más galones, pero Mas se quedó con el poder de la palabra. Duran Lleida, el Adenauer catalán, una mezcla terminal de moderación y lobbismo, fue sujetado por Miquel Roca en sus últimos estertores convergentes. Al llamado Pinyol (los Felip Puig, Oriol Pujol, David Madi, entre otros) les costó poco desalojar a Duran.

Antes de su vuelta al poder en 2010 como presidente, Mas reestructuró su equipo. Perdió a David Madí –"mi colaborador más querido"- y encajó el ascenso imparable de Francesc Homs, el número dos para todo, conocido en CDC como el Savonarola, por su rectitud moral. Homs se había encargado de la negociación del Estatut, desde el principio; él anunció con mucha antelación el batacazo de la Carta Magna catalana en la muralla ciclópea del Constitucional.

Su etapa como president ha trascurrido, pegado a la utopía independentista, por un laberinto micénico, sin salidas. Ahora, cuando el mito y la mantilla de Cayetana Álvarez explotan contra Carmena por una simple cabalgata de colores vivos, se hace difícil pensar en la templanza de la España encastillada. Para deshacer la madeja del nacionalismo español nada peor que el soberanismo catalán. Mas ha perdido. Kerensky, el menchevique que gobernó el postzarismo, es desalojado del poder por la CUP, el soviet de Petrogrado. Mas se va, pero quiere seguir en el Procés desde fuera utilizando sus poderes ocultos.
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