Marca España: un lobby financiado con dinero público

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Espinosa de los Monteros, Alto Comisionado y vicepresidente de Inditex, representa a grandes empresas privadas con fondos del Ministerio de Exteriores

Josep Maria Cortés

El Alto Comisionado del Gobierno para la Marca España y consejero de Inditex, Carlos Espinosa de los Monteros
El Alto Comisionado del Gobierno para la Marca España y consejero de Inditex, Carlos Espinosa de los Monteros

Barcelona, 03 de septiembre de 2016 (21:07 CET)

La imagen internacional de país la pagamos nosotros, los contribuyentes. Esta imagen germina en Marca España, una institución con rango de secretaria de Estado y financiada por el Ministerio de Exteriores.

En la práctica, Marca España es un dominio exclusivo de 100 compañías (Abertis, Agbar, Santander, BBVA, Caixabank, Iberdrola, Mapfre, Pronovias, Telefónica, FC Barcelona, Real Madrid o Metro, entre otros nombres de sectores variopintos), pertenecientes al Foro de Marcas Renombradas (FMR), cuya justificación teórica descansa en el prestigio académico del Instituto Elcano y cuenta además con soporte del mismo CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas, atalaya sísmica del sufragio universal). El FMR actúa como paraguas simbólico de este centenar de compañías que representan un porcentaje altísimo del PIB español y que ocupan a 1,5 millones de personas.

Refundada por Rajoy en 2012

El fuelle que había perdido en la crisis sistémica de 2008, lo recuperó Marca España a partir de su refundación en 2012 , cuando el Gobierno de Rajoy nombró como Alto Comisionado a uno de los suyos, Carlos Espinosa de los Monteros, ex presidente de Mercedes España y actual vicepresidente de Inditex. Desde aquel día, han proliferado los indicadores encargados por Espinosa (al Esic y a otras escuelas de negocio); han menudeado los premios y los viajes. Tambien han sido abundantes los reconocimientos a grandes grupos familiares (Mango, Campofrío, Torres, Freixenet o Lladró) y han proliferado las loas a los colosos del Ibex 35. Algo más magros han sido, sin embargo, los gestos hacia las disciplinas des-económicas (no rentables) del llamado cuarto sector (patronatos, mecenazgos artísticos o médicos), y por supuesto se han quedado al margen los esfuerzos de las letras y las artes plásticas.

Marca España lleva en sus genes la impronta del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, creado a los años del desarrollismo para promocionar al mundo tecnológico y borrar el estigma de la Institución Libre de Enseñanza, amamantada en la II República, poblada de poetas y dotada de humor cervantino. Es una enseña del turnismo más conspicuo. Hoy tiene el sabor neoliberal del Círculo de Empresarios (Espinosa fue presidente de este organismo).

No defiende los intereses del país sino los de una parte. Para los expertos, su Alto Comisariado debe ser analizado desde un doble prisma: de una parte las sinergias positivas que genera en el perímetro institucional del Estado y de la otra el sectarismo que exhuma el cargo dotado con un oficina de trabajo débilmente pertrechada, como explicó su propio director, José Ángel López Jorrín, en una sesión entusiasta de la fundación Faes. Su principal virtud, la colaboración público-privada, es la contraportada de su peor vicio: defiende intereses de alta alcurnia, con cargo al Presupuesto del Estado, es decir al bolsillo del ciudadano medio. O dicho más claro: defiende a pocos con el dinero de todos, sin olvidar por supuesto su efecto multiplicador en términos de inversión y empleo.

Un calco de Ifema o Fira Barcelona

No es una fórmula nueva. Su funcionalidad está calcada de los consorcios que han hecho de España un país de ferias y congresos. Esta plagiada de Fira Barcelona o de Ifema, ambas con ventajas comparativas enormes respecto a Marca España. La moderna colaboración público-privada nació en la experiencia piloto del COOB 92, que organizó los Juegos Olímpicos de Barcelona con éxito remarcable. Narcís Serra, Maragall, Abad, Vila Solanes, Pedro Fontana, Ramon Boixados y otros imantaron entonces las nuevas centralidades de Barcelona.

En aquella ocasión la ciudad y el Gobierno de Felipe González pusieron los medios (los sueldos, claro), conscientes de que el negocio era para Vallhermoso, FCC, Dragados y compañía, hacedores de estadios, anillos y villas olímpicas.  En Fira Barcelona ocurre lo mismo: paga el consorcio Ayuntamiento-Generalitat, mientras las empresas exponen y se anuncian satisfaciendo simplemente un canon. Sin embargo, en este último caso, en la etapa de Agustín Cordón en la dirección, el éxito no ha emborronado la fórmula. Al contrario, basta citar el Mobile World Congress para recordar que este salón ha sido la única buena noticia económica de calado internacional en la Catalunya autolacerada de los últimos años. 

Mucha aspiración, poco radio

No se trata de criticar el modelo sino de que revierta equitativamente en el conjunto de la sociedad. Ahora mismo, Madrid vive una prueba de fuego con visos de escasa brillantez: la reconversión de la capital en una City financiera capaz de relevar a Londres, esquilmada por el aislamiento del Brexit. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, ha nombrado al economista Daniel Lacalle comisionado de la transición. Lacalle se instalará a orillas del Támesis para convencer a Firts Chicago, City,  Goldman Sachs, Allianz, HSBC y compañía de que instalen sus offshore operativos en Madrid.

De nuevo será el sector público el que corra con los gastos, mientras los fondos buitre y los vehículos de inversión soberanos se harán con el negocio. No vale la descalificación tout court porque si el negocio sale bien nos alegraremos todos, especialmente si las firmas londinenses y las holdings holandesas pagan impuestos en España, aunque sean mínimos.

Como síntesis de los programas de promoción exterior, Marca España concentra mucha aspiración pero ofrece poco radio. El país que desea ser bien valorado tiene en Rajoy al mandatario más aislado del entorno europeo. El presidente en funciones no acudió a la cumbre antiterrorista de setiembre de 2015 en Nueva York, ni estuvo en Washington el pasado noviembre en la reunión de seguridad nuclear y terrorismo. Después ya no le invitaron a la cumbre euronorteamericana de Merkel del pasado abril en Hannover (a la que asistió Obama) y nadie le citó tampoco al portaviones Garibaldi junto a Renzi, Merkel y Hollande.

Ahora le esperan en el G-20 y en Atenas, donde se celebrará la Cumbre del Sur y a la que debe acudir, sí o sí, a pesar del sarpullido que le provoca Tsipras. Rajoy apenas se mueve, pero cuando no se le espera se apunta, como ha ocurrido con su intención de asistir el tratado de paz de las Farc en Colombia, una reunión secreta cuya fecha tuvo la extravagancia de confesar en público.

No hay Marca España capaz de sostener tanto desatino. Lo que ganan las empresas, la pierden los partidos políticos. Tal vez el Comisionado, Espinosa de los Monteros, podría levantar el vuelo imaginativo de Jorge Moragas y del resto del equipo del presidente en Moncloa.

 

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