Susana Sarriá, presidenta de Navantia

La sequía de Navantia: cierra 2019 sin contratos para nuevos barcos

La empresa pública agudiza la crisis de su astillero de Ferrol tras no lograr ningún nuevo contrato para la construcción de barcos en 2019

Año en blanco de Susana de Sarriá en su primer ejercicio completo al frente de Nvantia. La empresa participada por la Sociedad Española de Participaciones Industriales (SEPI) cerró un 2018 de sequía en lo que a contratos de nuevos barcos se refiere, dejando así una sequía de encargos a su astillero de Ferrol, cuyo único buque en sus gradas es el segundo AOR para la Armada de Australia y que ya fue botado el pasado verano.

Con este contrato dando sus últimos coletazos, en el horizonte del astillero tan solo figuran las cinco fragatas F-110 encargadas por la Armada Española y que, pese a rubricarse en 2019, ya estaban cerradas de antes. De hecho, ya las propias cuentas de Navantia del año pasado ya recogían “un importe de 10,923 millones de euros, que corresponden al coste de producción y prestaciones relacionadas con el futuro contrato de las F-110”, que no comenzarán a construirse hasta el año 2022.

Las estrecheces del Gobierno en funciones

Parte de esta sequía de contratos en la empresa pública se debió a la situación de interinidad del Ejecutivo de Pedro Sánchez. Los sindicatos de la Ría de Ferrol reclamaron durante el año pasado al Gobierno que encargase un contrato puente para construir un buque logístico que sustituyese al Patiño (buque que lleva 25 años en activo) e insuflase carga de trabajo en los astilleros gallegos.

Sin embargo, la ministra de Defensa, Margarita Robles, descartó esta opción al asegurar que un Gobierno en funciones y con los Presupuestos Generales del Estado prorrogados no estaba facultado para realizar nuevos encargos.

Marejada en sus contratos en el exterior

Con la opción de construir barcos para el Ministerio de Defensa bloqueada, Navantia fio la llegada de encargos de nuevos buques a contratos del exterior. Sin embargo, las tensiones geopolíticas han cortado, al menos de momento, las aspiraciones de la empresa pública.

Y es que el Gobierno británico decidió suspender temporalmente la adjudicación del contrato para la construcción de tres buques de apoyo logístico (valorados en más de 1.000 millones de euros), después de que un informe arrojase dudas sobre si este tipo de buques debían ser encargados a astilleros locales, tal y como ocurre con la construcción de barcos 100% militares como las fragatas o las corbetas.

El de Reino Unido no es el único varapalo que ha sufrido Navantia en los últimos meses. El Pentágono de la Administración estadounidense ha recortado sus previsiones de gasto para los próximos cinco años y ha abierto la puerta a modificar un macrocontrato de hasta 20 fragatas por el que Navantia pujaba junto a su socio americano Bath Iron Works.

A falta de conocer qué pasará con sus contratos en Reino Unido y Estados Unidos, la empresa capitaneada por Susana de Sarriá ha apostado por llamar a la puerta de un mercado que Navantia no pisa desde hace más de tres décadas: Marruecos. La compañía puja por construir dos patrulleras para el ejército marroquí en un contrato que estaría valorado en unos 260 millones de euros y que contaría con elevadas papeletas para construirse en su astillero de Ferrol. De él salió precisamente el año pasado el BAM Furor, de características similares a estos dos buques que contarían con unos 80 metros de eslora.

Un artículo de Javier G. Casco

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