La salida de empresas de Cataluña, buscando una localización más aceptable, es otra demostración de su escasa fidelidad y alta promiscuidad

Disrupción empresarial global

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La salida de empresas de Cataluña, buscando una localización más aceptable, es otra demostración de su escasa fidelidad y alta promiscuidad

Josep Soler Albertí

La salida de empresas de Cataluña, buscando una localización más aceptable, es otra demostración de su escasa fidelidad y alta promiscuidad

01 de enero de 2018 (04:55 CET)

Que las empresas son entes organizados y organizativos autónomos que no responden a nacionalidades ni jurisdicciones permanentes lo sabemos, si vemos el gran proceso de deslocalización industrial.

Las empresas, buscando la mejora de su estructura de costes y su rendimiento económico, eligen diferentes alternativas de producción; plantas enteras han sido movidas de un continente a otro sin miramientos para los países y trabajadores, y para la satisfacción –siempre hay ganadores y perdedores– de los países y trabajadores receptores. Así funciona el sistema capitalista, y es mejor que nos adaptemos a él si no queremos apartarnos para situarnos en una segura y secular recesión y decadencia.

La reciente salida de empresas de Cataluña huyendo de la inseguridad jurídica y, ¿por qué no aceptarlo?, buscando una localización que en promedio para clientela e inversores sea más aceptable es una demostración más de la escasa fidelidad y alta promiscuidad de los entes empresariales.

Vinculada a esta volatilidad en la localización empresarial está la creciente vocación apátrida de las grandes empresas. Los mercados están cada vez más globalizados, las economías de escala son crecientes, y con ello las distancias y diferencias se han acortado y empequeñecido para los grandes monstruos empresariales.

Siempre hay ganadores y perdedores: así funciona el sistema capitalista, y es mejor que nos adaptemos a él

Hoy en día, a pesar de que la mayoría de los gestores de activos financieros y de patrimonios insistan en una adecuada diversificación geográfica de las inversiones, se puede acceder a una diversificación igualmente apropiada y seductora del riesgo si se invierte en grandes empresas globales presentes en todo el mundo. Hay hoy, en los mercados de capitales, más empresas que nunca que tienen distribuidas sus ventas y fabricación en mercados muy diversos, y cuya dependencia del mercado de su país de origen es minoritaria e incluso puede ser casi irrelevante.

Esto nos sitúa en –y nos da acceso a–una economía con unas características muy distintas. Para lo bueno (oportunidades) y para lo malo (entes difícilmente controlables), con inmensas posibilidades para minimizar su aportación social y fiscal. Y es que, además, ¿es realmente lo justo esperar que una empresa, solamente por tener un determinado domicilio fiscal, realice en él una contribución más alta que su real presencia en este mercado?

Eso es intrascendente. La gran empresa se moverá por sus intereses económicos. Deberíamos al menos poner en duda el dogma según el cual esta contribución social se mide “especialmente” por la aportación fiscal. Es probable que una medida “especialmente” basada en la aportación directa e indirecta en actividad económica privada (contrataciones, consumo de servicios o reparto de dividendos) sería, al menos, igualmente válida que la fiscal.

Deberíamos poner en duda el dogma según el cual la contribución social se mide especialmente por la aportación fiscal

El tema de la “deslocalización fiscal” nos lleva al grupo de las cinco grandes compañías del mundo, al menos por capitalización bursátil. Las “consumimos”: Apple, Alphabet (Google), Microsoft, Facebook y Amazon; cinco empresas o conglomerados fuertemente tecnológicos.

Su valor de mercado oscila –datos de mediados de octubre 2017– entre los 478 000 millones de dólares de Amazon y los 825 000 de Apple, la mayor empresa del mundo. En tan solo 12 meses el conjunto de las cinco ha crecido un 30% en capitalización.

¿Cuál dejarían si como consumidores se vieran obligados a hacerlo? Lo más relevante de este grupo de corporaciones es su inmenso poder de mercado, su capacidad para minimizar sus pagos fiscales y, sobre todo, la amenaza que representan para las empresas dominantes de cualquier otro mercado en el que decidieran entrar.

Si las cinco grandes tienen una característica en común, esta es su saneadísima situación financiera, con endeudamientos bajos y gran liquidez lista para ser colocada en cualquier inversión, hasta ahora sobre todo para crecer en su propio objetivo dentro de las tecnologías de información. Pero son temibles por su inmensa disponibilidad de datos, con poder comercial.

Cinco tecnológicas se han convertido en las cinco mayores compañías del mundo: Apple, Google, Microsoft, Facebook y Amazon

Datos y capital son precisamente la base para competir en muchos sectores, y en especial en el financiero. Hasta ahora, solo la baja rentabilidad de este sector en Occidente (tipos artificialmente bajos y altas exigencias de solvencia) ha frenado la presencia de las grandes empresas –y probablemente su dominio–en el sector financiero. Pero es quizás cuestión de pocos años. Amazon quiere vender de todo; y, por supuesto, financiación, créditos y productos de inversión están dentro de ese todo.

¿Serán capaces la normativa antioligopolios, la coordinación fiscal internacional y la obsolescencia acelerada de productos y sectores de limitar el dominio inconmensurable de las “cinco”? No lo sabemos, pero tal vez estemos ya en un largo dominio de estas corporaciones que marcará las próximas décadas, aunque no se debe desdeñar el poder del consumidor.

Empresas que no han sabido demostrar una política corporativa íntegra y sin comportamientos inaceptables en sociedades avanzadas han sido penalizadas. Las prácticas ESG (environmental, social/sustainability, governance), la responsabilidad social, son valores empresariales exigidos por una buena parte de la clientela en muchos países, y eso se tiene en cuenta en los informes corporativos de las compañías y es un criterio importante para muchos inversores.

Datos y capital son la base para competir en muchos sectores, en especial el financiero

Un ejemplo de excelencia en este terreno es Unilever. La empresa anglo-holandesa es un caso extremado de seguimiento ESG (en este caso siguiendo los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas) y, al mismo tiempo, de una búsqueda prioritaria de la rentabilidad compaginada con principios. Su CEO, Paul Polman, es el gran abanderado mundial en demostrar que un seguimiento estricto de los principios y prácticas ESG lleva a mayor y mejor rentabilidad. Así, Polman no tiene reparos en lucir, por ejemplo, sus inversiones en agua corriente en África para reducir enfermedades (poder lavarse las manos dos veces al día es la mejor vacuna) sin ocultar que generar consumidores futuros en este continente es bueno para una empresa que gestiona sus más de cien grandes plantas en el mundo exclusivamente con energía renovable y sin generar residuos no tratados y no reutilizables.

Los consumidores están premiando esta extraordinaria política de empresa con aumentos de facturación, de beneficios, lo que conlleva la revalorización de sus acciones, que han alcanzado alzas superiores al 40% en el último año.

No sabemos qué mundo tendremos dentro de veinte años, pero sí las tendencias que más se imponen. Algunas van en la dirección de adquirir un poder omnímodo en nuestra civilización, indicando con sus productos y servicios muchas prácticas humanas; otras, adaptándose a un poder de elección del consumidor ejercido hacia el respeto, siguiendo prácticas diferentes a las que se supondrían hasta hace poco como características de las empresas capitalistas.

*Artículo publicado en mEDium, anuario editado por Economía Digital

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