Jaime Botín no cuela

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PERFIL

La viñeta de L'Avi.

12 de octubre de 2013 (17:29 CET)

Jaime Botín, pillado. Su eterna referencia --¿Banquero por error?-- es la hagiografía melancólica de un hombre de rostro granítico y mirada larga. El hermano de Emilio Botín aparece ante los focos como un filósofo vocacional navegando en su velero Adix (diminutivo de Adela, el nombre de su esposa) en busca de la paidea, el saber total de los clásicos. ¡Venga ya! ¿Y el paquete oculto de Bankinter? ¿Aquel 8% del capital del banco distraído en valles helvéticos que impidió el desembarco del Crédit Agricole en España? Como es bien conocido, Jaime Botín engañó a los franceses y dio un portazo al interés general. Camufló su participación en un córner opaco, y ahora recibe una caricia del regulador. La CNMV pide para él una multa menor, acompañada de la inhabilitación, el placer supremo al que aspiró Diógenes de Sinope, el sabio.

Desde su retirada de la gestión, en 2004, Jaime se dedica a la filosofía y el mar; practica wandering y thinking, nada menos. Pero no ha olvidado los principios de familia: “devora antes de que te devoren”, “mantén el olfato lobuno” y “apuesta sólo a caballo ganador”. Lo aprendió de niño, en el Promontorio, la mansión montañesa (obra de Riancho) levantada por Emilio Botín y Sanz de Sautuola, situada en la punta del Paseo Isabel Pereda de Santander y convertida ahora en sede de la Fundación familiar. Su pensamiento vuela mientras su dinero duerme, como aconseja el decálogo del buen financiero. Jaime se consagró a las humanidades y participó en un libro coral titulado Apología de lo inútil (Avarigani Editores), orientado a levantar mentes sepultadas por el pragmatismo de la gestión. Él está convencido de que utilidad y valor no son cosas que vayan unidas, aunque semejante dislate sea una afronta para los clásicos de la Economía. Sin disimulo, Jaime Botín proclama: “lo inútil es lo que tiene verdadero interés”. He aquí el ancla del pensamiento botiniano.

El díscolo de los Botín efectuó un viaje hacia ninguna parte mientras su inversión maduraba en el sueño de los justos. Lógicamente, su intención era sacarse de la manga la participación oculta en Bankinter en el momento en que Crédit Agricole subiera su apuesta para redondear la compra del banco español. Una inversión opaca requiere la templanza del tango: el músculo duerme y la ambición descansa, hasta el día en que vendes para triplicar las ganancias. Pero, de repente, se encontró sin comprador. El banco francés había denunciado su maniobra ante la CNMV, el regulador más lento de Occidente; y, meses después, la Fiscalía soltó a sus sabuesos: Jaime Botín fue pillado, junto a su hermano y los hijos de ambos, con cerca de 2.000 millones en Suiza. Todo por la confesión de Hervé Falciani, el “delator”.

Esta misma semana, Jaime Botín se ha defendido en un artículo titulado La moral católica y sus practicantes (El País), en el que desmiente la ocultación de su patrimonio desde el momento en que realizó “una declaración voluntaria” de sus bienes. El hermano culto de los Botín defiende su honor contra los escribas del “y tú más” que, desde diferentes medios, han destacado su operación en Bankinter y han recordado, con pelos y señales, la regulación de su familia en la escandalosa amnistía fiscal de Montoro. Jaime va directo al corazón de la mojigatería en materia de moral económica. Denuncia el molde puritano del nacional-catolicismo español. Es pagano y apóstata, además de muy rico.

En su etapa de banquero en activo, el segundo de los Botín desempeñó la vicepresidencia del Santander, el buque insignia, la mayor red minorista del mundo. El origen del banco se debe a su bisabuelo materno, Marcelino Sanz de Sautuola, descubridor de las pinturas rupestres de la Cueva de Altamira, paleontólogo vocacional metido en finanzas por consejo del primer Botín (Emilio Botín López), un olfato felino aunque, según dicen sus biógrafos, incapaz de distinguir un pagaré de una letra de cambio.

Las versiones más heterodoxas explican el éxito de los Botín a partir de sus orígenes conversos desparramados por la península. Para ellos, política y prensa establecen la distancia entre el secreto bancario y la sociedad. A lo largo de los años, los banqueros de la cornisa han ido enfriando su relación con los partidos políticos sin bajar la guardia ante las administraciones o ante el supervisor de turno, sea el Banco de España o el actual BCE. En su momento, participaron en aventuras periodísticas de final calamitoso, como el renacimiento del rotativo Informaciones. La vuelta orteguiana del vespertino madrileño, impulsado por Víctor y Jesús de la Serna, dejó una decepción profunda en el mundo de la prensa. Se entendió entonces que, para los Botín, el respaldo no implica nunca sacrificios, más allá de alguna cena con tintineo de copas y cubertería fina.

Botín padre tocó a periodistas y simuló ententes. Su hijo Jaime, muy al contrario, ha sido absolutamente refractario. Jamás ha concedido una entrevista y nunca ha realizado manifestaciones tras las juntas de accionistas de Bankinter, un banco cuyo consejo de administración tuvo de vocal a Juan Luis Cebrián, hoy quintaesencia del periodismo monetizado, ex director de El País y presidente de Prisa. El hermano menor de los Botín heredó su actual patrimonio en 1986, cuando don Emilio cedió el Santander a su primogénito y colocó a Jaime en la cabeza de Bankinter. Botín padre entró entonces en el último tramo de su vida: misa diaria de recogimiento en la iglesia santanderina de los Redentoristas y paseo a pie hasta el Promontorio.

Ahora, después de conocer el castigo de la CNMV, Jaime Botín sale de sus palacios artesonados para hacernos comulgar con ruedas de molino. Es un banquero poeta. La moral romana parece ser el origen de las acusaciones que recibe desde los medios. Según su versión, los que le acusan de fraude fiscal y delito de iniciados son ortodoxos dogmáticos; pertenecen seguramente al catolicismo duro de San Josemaría Escrivá. Es un calvinista de salón que no cree en la expiación del pecado. En los negocios, es un gallo de pelea de afilados espolones. Como filósofo, se abandona noblemente en el elenco de los aprendices (firma sus artículos con esta leyenda: Estudiante de Filosofía). Cursó humanidades y Derecho en Deusto, escribe en latín y recita a Homero. Cerró su despacho para hacerse a la mar, pero nunca abandonó su don: ser un Botín. Nunca olvidó que su inversión dormía coronada de plusvalías. Su fraude financiero está demostrado. Y, claro, su justificación no cuela.
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