Felipe Benjumea, el alma en pena de Abengoa y Bioetanol Galicia

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El gran emblema de la industria andaluza tiene dos almas: es la cara amable del Grupo Joly (el influyente foro de debates sevillano) y el rostro cetrino del capitán que abandona el buque con la cubierta baldeada

Felipe Benjumea, expresidente de Abengoa.

Barcelona, 14 de febrero de 2016 (01:00 CET)

Abengoa es el eslabón terminal del dinero fácil. La versión crepuscular de Felipe Benjumea, el último patricio, y de los ex altos cargos que lo han acompañado, como Felipe González, Josep Borrell, Cándido Velázquez, Luis Solana o los hermanos Carlos y Luis de Sebastián, entre otros.

Los Benjumea son, al mismo tiempo, capitanes de industria y señoritos de jaca pinturera. En ellos se mezclan el pico de oro de los ingenieros con la chapuza de los entendidos. Se desparraman desde la esclusa de Sanlúcar hasta el viejo barrio hispalense de Santa Cruz; conjugan el Nervión de los instalados con el Santa Clara de los nuevos ricos.

En Abengoa, su marca patrimonial, los bancos acreedores exigen ahora la dilución total de los accionistas. Ha llegado la definitiva extinción de una saga, cuyo último eslabón, Felipe Benjunea, ha salido por piernas de la presidencia de la empresa con un buen fajo de billetes bajo el brazo en concepto de finiquito, gracias a la firma del ex ministro socialista Josep Borrell, consejero de Abengoa y vocal de la comisión de nombramientos y retribuciones.

La fuga de don Felipe es una obra coral de Borrell y Ricardo Martínez Rico, ex secretario de Estado de Presupuesto con Aznar y socio de Cristóbal Montoro en la firma Montoro & Asociados, la consultora que el ministro de Hacienda dejó atrás para infligir a los españoles el IVA más alto de Europa.

Los bonistas de Abengoa han denunciado a Benjumea pidiendo de paso la imputación de Borrell. Pero el juez desestima la imputación para más adelante e impone al empresario una fianza paralizante. El penúltimo asalto de los sabios convertidos en oligarquía extractiva todavía no ha terminado.

La crisis descomunal de Abengoa (un pasivo de 27.000 millones de euros) roza todas las prevaricaciones imaginables de nuestro tiempo y desliza irregularidades del pasado, en la plenitud del pionero Javier Abengoa Puigcerver (padre de Felipe). También alcanza a su filial Bioetanol Galicia, controlada al 100% por la firma sevillana.

El origen de la fortuna

Los Benjumea hicieron fortuna a la sombra del antiguo régimen y la condensaron después, cuando el gran conglomerado energético-industrial del Sur disfrutó del favor del PSOE. Puede decirse que Benjumea es un gentilicio que se hizo fuerte en los años de penitencia, pero realmente remató la faena en la era de Felipe González.

Benjumea Puigcerver había fundado la empresa de ingeniería a instancias de sus mayores, los Benjumea Burín -su tío Rafael fue ministro de Franco y gobernador del Banco de España- ennobleciendo su linaje en las dos últimas restauraciones borbónicas, que les han convertido en condes de Benjumea y de Guadalhorce, y marqueses de Puebla de Cazalla.

Su reputación industrial no menoscaba su poder latifundista en la Dehesa de Campo, la gran finca familiar, favorecida por el urbanismo rural de trocha y servidumbre que practicó Manuel Chaves, expresidente de la Junta de Andalucía y amigo de Felipe Benjumea.

A la sombra del PSOE

De hecho, el compromiso histórico socialista empezó mucho antes en el entreguismo de aquel Clan de la Tortilla, compuesto por Felipe González, Carmen Romero, los hermanos Yáñez, Hermosín, Alfonso Guerra o el mismo Chaves, entre otros. Cuando todavía era el camarada Isidoro, el joven abogado Felipe González vivió de cerca la reubicación de Abengoa en el mapa económico cambiante y gestionó el trasvase de obras de arte de la colección de la familia al Ayuntamiento de Sevilla.

El poder multinacional de la gran firma de ingeniería y proyectos se consolidó ya con Felipe en el poder, cuando Abengoa inició el tránsito hacia su sede moderna, en los solares sevillanos de Palma Alta, convertida en icono efímero, en liza con la herencia solemne de la Expo del 92. El tiempo congrega los éxitos que la memoria se encarga de congelar.

El ascenso de los Benjumea

Abengoa ha sido divisa de la España meridional. Se robusteció cuando la Rumasa de Ruíz Mateos se agigantaba con pies de barro por la vía de la especulación y el humo. Mientras los Benjumea subían, el descenso de otros grupos, como Cruzcampo, Santana o Explosivos Rio Tinto -víctima de una privatización procaz- fueron liquidando el latido industrial del sur.

Javier Benjumea y su hijo Felipe sobrevivieron a la reconversión draconiana de los ochentas. Fueron los años de Zorita y Vandellós I, los dos primero grupos nucleares instalados en la península por iniciativa de los ingenieros Benjumea y Duran Farell. La democracia y el mercado festonearon la España rampante de benjumeas y duranes.

La decadencia

Los últimos coletazos han sido de bajada. Las alertas empezaron a sentirse cuando la Fiscalía Anticorrupción investigó la compra por parte de Telvent, filial de Abengoa, del 3,7% de Xfera por 25 millones de euros a una sociedad instrumental controlada por ellos mismos. La insistencia del fiscal Anticorrupción y de la CNMV, decididos a llegar hasta el final del asunto, trastocaba los planes de Abengoa de sacar a cotizar su filial tecnológica, Telvent, al Nasdaq americano.

Además de defenderse en los tribunales, los Benjumea comenzaron a tejer una tupida red de influencias, incorporando a su red a personas bien relacionadas con el poder, los Clavero Arévalo, Alan García, Ricardo Hausmann, Carlos Andrés Pérez o Bill Richardson. Fue un error; el veneno de la puerta giratoria tiene una digestión lenta. En pocos años, Abengoa había dejado de ser un paraíso privado para convertirse en comidilla. La inconmensurable deuda bancaria de los años del boom hizo el resto.

Cuando los intereses del pasivo ahogaban ya a cuenta de resultados, Antonio Burgos escribió en ABC que el pionero Benjumea Puigcerver había sido el "venerable entre los venerables". La España del halago que tanto odiaron Blanco White y Corpus Barga no sirve para levantar empresas; más bien se regocija en la nostalgia. El pionero legó su estirpe al ingeniero. Felipe Benjumea dobla hoy el baldón de un trayecto con final lampedusiano.

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