El imperio L’Oréal, pendiente de una disputa familiar

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Continúa la pugna entre la heredera del grupo, Liliane Bettencourt, y su hija, Françoise Meyers, por el control de la tercera mayor fortuna en Francia valorada en 17.500 millones

Liliane Bettencourt

19 de octubre de 2011 (12:00 CET)

El imperio L’Oréal, el número uno de la cosmética mundial, vive estos días pendiente de la encarnizada disputa que mantienen la heredera del grupo, Liliane Bettencourt, y su hija Françoise Meyers por el control de una fortuna valorada en 17.500 millones de euros, la tercera mayor de Francia.

El último capítulo de esta historia lo resumía ayer el diario France Soir de una manera muy gráfica, aunque un poco despectiva: “La justicia ha sentenciado. La abuela chochea”. Una jueza decidió el lunes poner a Liliane, que el próximo viernes cumplirá 89 años, bajo la tutela de su hija y de sus dos nietos al considerar que la hija del creador de L’Oréal sufre Alzheimer y tiene sus facultades mentales perturbadas.

Eso significa que Liliane Bettencourt desaparece del consejo de administración de la sociedad (la familia conserva un 30,9% del capital de L’Oréal), un poder que pasa a manos de su “odiada” hija, lo que podría influir en la gobernabilidad de un conglomerado industrial que facturó el pasado año 19.500 millones de euros con unos beneficios netos de 2.400 millones y que emplea a más de 65.000 personas en 130 países del mundo.

La prensa francesa especula con la posibilidad de que Françoise Meyers, una vez que se ha deshecho de su madre, pueda vender la participación de la familia a la compañía Nestlé, segundo accionista de L’Oréal con el 29,7% del capital.

Un duro golpe para un país tan chovinista como Francia, que vería como uno de los buques insignia de su economía, y quizás la empresa francesa más conocida en el mundo, pasaría a manos suizas.

El futuro de la plantilla actual

Por el momento, tal posibilidad no preocupa a los empleados del grupo que ven en toda esta historia “un asunto de familia” aunque se mantienen a la expectativa de los próximos acontecimientos, según ha confirmado una de las trabajadoras del grupo a Economía Digital, recordando que la familia Bettencourt “sólo” posee el 30,9% del capital de la empresa, una cifra inferior a otros tiempos, cuando su participación era mayoritaria.

Lo que si inquieta al personal, según esta asalariada, es la capacidad de los empresarios de Françoise Meyers, “más preocupados por el dinero que por los negocios”, y de sus hijos Jean-Victor y Nicolas, dos jóvenes de 25 y 22 años “a los que nunca se les ha visto por la empresa”.

Una actitud muy diferente a la de su abuela, quien tomó las riendas del grupo a finales de los años 60 tras la muerte de su padre (y fundador de L’Oréal) Eugène Schueller quien visitaba con frecuencia los diferentes centros de producción del grupo industrial.

Desavenencias familiares

La “lamentable” y “vergonzosa” historia de este desencuentro, tal como ha definido la propia anciana, comenzó a finales de 2007, pocos meses después de la muerte de André Bettencourt, periodista, político y empresario, además de esposo de Liliane y padre de Françoise. Entonces, Entonces, la hija presentó una demanda por abuso de confianza contra el fotógrafo François-Marie Banier, amigo y confidente de su madre, quien le habría ofrecido regalos millonarios.

Ese hecho desenterró el hacha de guerra entre madre e hija, un conflicto que aún hoy continúa, si bien ha habido algún breve periodo de tregua. “Es una historia de locos. Su hija dispone ya de casi la totalidad de la fortuna, todo se arregló con el acuerdo que hubo el diciembre pasado”, explicó una fuente próxima a Liliane en el semanario Le Journal du Dimanche, en referencia a un pacto al que llegaron los abogados de ambas partes para la repartición de la herencia.

Según este testimonio, a la anciana “sólo” le quedarían unos “2.000 millones de euros” para hacer frente a sus gastos corrientes. Pero al parecer, Françoise, a quien su propia madre define en una entrevista concedida a ese semanario como “manipuladora, impertinente y malvada”, entre otras lindezas, teme que la calderilla que le queda a su madre pueda destinarse a alguna institución benéfica o a quien ella desee. Tras la decisión de la jueza, Liliane ya no es libre, al menos económicamente.

En esa entrevista, la anciana amenazó con exiliarse en el caso de que la justicia le declarara incapaz pero ni siquiera puede hacer eso. Sí que puede viajar si así lo desea, pero sus tutores deben autorizar los gastos que genere ese viaje o estancia en el extranjero. Y son su hija y sus dos nietos quienes tutelarán y gestionarán a partir de ahora su patrimonio.

El único consuelo para Liliane es que será su nieto mayor, Jean-Victor, quien vele por su salud y por su vida diaria. De toda la familia Meyers, Jean-Victor es el miembro con quien mejor se lleva Liliane.

Tensión entre padres e hija


Las relaciones de Françoise con sus padres nunca fueron fáciles y menos aún cuando en 1984 se casó con Jean-Pierre Meyers, un banquero de origen judío… toda una afrenta para una familia que, políticamente, estaba muy próxima a la extrema derecha.

Incluso Eugène Schueller, que fundó L’Oréal y se hizo rico a principios del siglo pasado al patentar los primeros tintes para el cabello, fue acusado de colaborar con el ocupante nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Repercusiones políticas


Más allá de su incidencia en el funcionamiento de una empresa como L’Oréal, la disputa familiar ha tenido también consecuencias políticas, llegando a la misma puerta de El Elíseo. Unas grabaciones piratas del ex mayordomo de Liliane Bettencourt revelaron que la rica heredera financió con importantes cantidades la campaña electoral de Nicolas Sarkozy en 2007.

Estas revelaciones obligaron a dimitir, hace menos de un año, al que era ministro de Trabajo, Eric Woerth, cuya esposa trabajaba, además, en la empresa que gestionaba el patrimonio de Bettencourt, gran parte del cual se encuentra en el extranjero.

Este martes, otro juez imputó formalmente al aún jefe de los servicios secretos Bernard Squarcini por un asunto de espionaje al periodista del diario Le Monde, Gérard Davet, cuando éste investigaba el caso Woerth-Bettencourt.

Este affaire de escuchas telefónicas y financiación irregular amenaza con salpicar al propio Sarkozy a escasos siete meses de las presidenciales. Lo nunca visto: ¡La disputa entre una madre y una hija podría acabar influyendo en la elección al próximo jefe de Estado!
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